Hay algo en el comienzo de un nuevo curso académico que siempre me hace pensar en el cambio.

Los campus vuelven a estar llenos de actividad: los nuevos estudiantes buscan sus aulas (y probablemente se olvidan de sus contraseñas), el profesorado da los últimos retoques a sus cursos y los equipos de TI se aseguran de que todo esté listo antes de que comience el nuevo curso. Es un ritmo que nos resulta familiar y que transmite una gran sensación de posibilidades.

Últimamente, sin embargo, he estado pensando en un tipo diferente de cambio.

Últimamente, todas las conferencias sobre educación superior, los seminarios web y las conversaciones con compañeros y miembros de la comunidad de Moodle parecen girar en torno a la misma idea: las universidades están en constante evolución.

A veces, esa evolución se manifiesta en forma de un cambio institucional de gran envergadura. Otras veces es más sutil: un nuevo programa de formación continua, una colaboración con el sector, una iniciativa de formación para el personal o la incorporación de otro campus al sistema. Sea como sea, las instituciones rara vez permanecen exactamente igual durante mucho tiempo.

En algún momento de estas conversaciones, casi siempre oigo una variante de la misma pregunta: